OBSERVANDO A SUS PARTIDARIOS

Nos contaba el Jefe que después de catorce años de clandestinidad, entre 1932 y 1945, los hombres y mujeres del país lo querían conocer. Por lo cual, el partido organizó el mítin de la Plaza San Martín, que luego fue conocido como el Mítin del perdón y del rencuentro.

Era el año de 1945. Haya llegó al mítin y, antes de subir al estrado, decidió caminar entre la gente que se iba juntando en la Plaza San Martín para recibirlo. Andando entre el público, empezó a preguntar por él mismo y si conocían “al orador principal de esa noche”.

“Nadie me reconoció, ni jóvenes ni adultos", "¡Qué extraño! ¡Cómo los años lo cambian a uno!".-comentó el “Jefe”.

UN NUEVO ENCUENTRO EN LA INDIA

En la capital de la India, Nueva Delhi, el “Jefe” del aprismo recorría la ciudad. Observando con suma curiosidad las formas de vestir de sus gentes, notando muchos mendigos transitando por las calles, Víctor Raúl se le acercó a uno de ellos para poder conversar. Pero los guías que lo acompañaban dieron unos gritos para que se aleje y le señalaron: “Esas personas son intocables y usted no se debe contaminar”.

Víctor Raúl se quedó atónito.

En la India consideran que la pobreza es un castigo a su karma.

LAS RATAS QUE SE LLEVABAN EL ORO

Un gran compañero y luchador de toda la vida “Zapallito” Ángel Torres, por su tamaño y por su valentía, contó que el Jefe le había relatado una historia insólita:

En una casona limeña de familia aristocrática, de un momento a otro empezaba a desaparecer cada una de las joyas de la familia. El jefe de familia dió parte a la policía para que investigue el caso.

Los principales sospechosos eran los mayordomos y los mozos, quienes al poco tiempo fueron apresados y torturados por la temible brigada contra robos de la policía. Pagando prisión por tal hecho los trabajadores, a pesar de que juraban inocencia, nunca se pudieron recuperar las joyas.

Después de muchos años fueron encontradas dichas alhajas en la madriguera de unas ratas, que vivían debajo de la casa.

“Cosas de la vida”, solía decir el “Jefe”.

EN LA REGIÓN DE LOS LAPONESES

El Jefe, incansable viajero y estudioso de los pueblos más apartados del mundo, viajó a la mayor isla del mundo llamada Groenlándia, luego recorrió la región de Laponia, al norte de Europa, muy cerca del Ártico.

Víctor Raúl se estableció por un corto tiempo en Laponia finlandesa para conocer sus costumbres, además enseñó las costumbres y diversidad geográfica de los países Indoamericanos. Nos contaba que esos lugares eran totalmente fríos, le sorprendió que en esos lugares no existieran árboles.

DOS OFICIALES DEL EJÉRCITO

Con todos los honores castrenses habían sido dados de baja muchos oficiales de alta graduación al inicio de la dictadura del general Juan Velasco Alvarado. A los altos mandos no le convenía tenerlos, pues la mentalidad de algunos era incómoda a sus fines por la apertura que se daría al comunismo.

La mayoría de los oficiales dados de baja, paradójicamente, eran los más destacados en su institución. Dos de ellos, que conocían al compañero Lucas y de su cercanía al jefe, el mayor de la sanidad Armando La Rosa Wallison y el Teniente Coronel Arturo Castilla Pizarro, le pidieron a Lucas que los llevara a conocer a Víctor Raúl.

Lucas contó lo siguiente:
“Quedamos en encontrarnos ese mismo día a las 7 de la noche en la Casa del Pueblo, hora en que el jefe llegaba. Los oficiales llegaron puntualmente y subimos a verlo. Los presenté sin que el Jefe estuviera enterado previamente de quiénes eran. Después del saludo de rigor, les pidió que pasaran a la sala privada donde se pusieron a conversar por más de una hora. Ellos previamente me habían pedido que los deje solos, por lo que esperé afuera. Le contaron al Jefe que eran apristas desde muy jóvenes y que habían venido para ponerse al servicio de la Causa del Pueblo. Desde entonces, siempre se referían a Haya como su jefe moral. Los oficiales al despedirse del Maestro, se cuadraron, frente al jefe y le dieron el saludo militar, llevándose la mano derecha a un lado de la frente, haciendo tocar sus tacos, en posición erguida. Fue un momento de gran emoción”.

COLOQUIOS EN EL CALLAO

En un “Coloquio” en el Callao, un joven no aprista le pregunta a Víctor Raúl: "¿Por qué usted siempre se ha preocupado por la educación?"

Entonces el maestro le respondió con una historia: “Cuando era niño, escuché la leyenda de un Conde español que vivía en la ciudad de Trujillo. Él era un hombre muy viejo y abusivo que se levantaba de madrugada y recorría su casona. Un día se dirigió a la parte de la casa donde dormían los esclavos negros y lejanamente vio la luz de una vela. Al acercarse, vio que un esclavo estaba aprendiendo a leer y escribir. Entonces, sin pensarlo dos veces, el Conde sacó su espada y le atravesó el corazón, diciéndole que un esclavo no debe saber leer ni escribir. Esa es la razón por la que las oligarquías de nuestro país no quieren que el pueblo se supere. Nos quieren esclavizados por la ignorancia”.

El joven quedó convencido con la respuesta del Maestro.

TIJERA, HILO Y AGUJA

Todos los años, en todos los locales del APRA, hacían actividades con la finalidad de hacer la tradicional “Chocolatada de la Navidad del Niño del Pueblo”. Además de entregar juguetes y ropa, en aquellas fechas en la “Casa del Pueblo”, se formaban largas filas de niños y el “Jefe” observaba el reparto.

La compañera América Capuñay, militante por más de 70 años, se encontraba ayudando en la repartición de los miles de juguetes, cuando una niña al recibir un vestido, después de probárselo, reclamó diciendo: “Me queda muy grande”.

El “Jefe” al percatarse de este hecho, se acercó a la niña y le dijo tiernamente: “Eso se arregla con tijera, hilo y aguja”.